La Triste Historia de Calcetines

Calcetines era un tipo peculiar. Vestía camiseta blanca y jeans que terminaban a un palmo de sus tobillos. Las gafas de pasta, anchas y con el cristal de culo de botella, no le hacían ningún favor a su imagen. Calcetines se hallaba de paso por la ciudad. Se paseaba mal afeitado y con un bigotillo ridículo que le convertía en un tipo más bien feote. Unos grandes zapatos marrones, más bien gastados, llevaban sus interminables pies de aquí para allá. Para completar su imagen de figurín, vestía calcetines blancos subidos hasta donde daban de si, y un poquito más.

Lo que no hubiera tenido tan claro, de haberlo visto por la calle, es que a Calcetines le gustaran las mujeres, o al menos las mayores de edad. Deambuló por el local de aquí para allá buscando a la chica que más le gustara. Buscaba un flechazo a primera vista. Se le acercaron varias pretendientas, pero Calcetines era un seductor, no quería que fuera tan fácil, así que fue él quien se dirigió a una de las señoritas.

Sus grandes ojos le embelesaron, su figura imponente lo paralizó y rápidamente toda la sangre su cuerpo bajó hasta su entrepierna. Ya tenía chica. Era guapísima, alta y con unas facciones finas y suaves. Los grandes ojos azules, que miraban con ternura a aquel cliente, hicieron que Calcetines perdiera la cabeza, no podía dejar de mirar los grandes y turgente pechos de ella. No tendría más de 20 años.

Unos pocos minutos bastaron para que naciera el amor entre ellos. El destino había querido juntarlos en aquel lugar. Él claramente necistaba una mujer que lo satisfaciera, y a ella se la veía falta de cariño, así que se dieron el sí quiero y se marcharon para sellar aquel momento con una buena dosis de amor en conserva.

Media hora no fue suficiente para que Calcetines ofreciera a aquella chica todo lo que él llevaba dentro, así que le pidió un poco más de tiempo. La quería abrazar, tenerla para él solo y disfrutar de su cuerpo sin prisas. Hicieron el amor como animales, ella estaba totalmente desnuda, y él, seguía llevando los calcetines blancos subidos hasta arriba. Pero a ella eso no le importaba, quería a aquel hombretón.

Cuando terminó el tiempo, Calcetines salió de la habitación y la cogió de la mano. Pero ella ya no tenía ganas de más amor. El juego había terminado, y mientras él se giraba para sacar un paquete de tabaco, ella se enamoró de nuevo. Cuando Calcetines se dio la vuelta y la vio allí, sus ojos se humedecieron. No lo podía creer, acababan de pasar momentos mágicos y ahora ella estaba con otro. Se sintió engañado. Pero Calcetines era un caballero, así que cogió el paquete de tabaco y, llorando, se marchó por donde había venido sin querer mirar atrás.

J. Coltrane